skip to main |
skip to sidebar
Un día más, un día menos, casi ni se nota aún. Cada mañana, desnuda, al ver mi cara recién despierta en el espejo, siento la tentación de no lavarla porque puede gastarse. La piel, apenas ojerosa, se extiende hacia el cabello revuelto en curvas y rectas, pálida como si aún la sangre no llegara tan arriba. Hay días en que sin aún bañarme uso unos polvos franceses que me heredó mamá por no servir de nada para las dolencias de una vieja gastada y triste. Voy de la frente a la punta de la nariz, haciendo círculos ininterrumpidos en la extensión blanca y lisa de mi piel. Si en sueños el mayor temor lo siento cuando veo que caen mis dientes, a esas horas de la mañana es el encontrar una grieta más sobre mi frente. Puedo ver en ese movimiento circular del maquillaje a cada arteria y capilar apostado bajo la piel, los músculos que se contraen y estiran, la superficie del cráneo, el cartílago deformado de la nariz; además de verlos caer a todos juntos, derretidos por el paso de los días. Mirando con cuidado morboso puedo ver qué es lo que cederá primero. Puedo observar cómo será mi cara dentro de un mes, doce meses, dieciocho meses, veinticinco años, dentro del cajón agusanándose de tanta crema que le echo; me veo en el pellejo gastado de una vieja cansada y triste, en la boca de un reloj, en las cajas del Hogar de Cristo, en las esquinas de Alameda y en las miles de caras de hombres que en un futuro próximo comenzarán a darme el asiento en la micro. Aún no salgo del baño y ya estoy agotada.
A pesar de todo hermano, siempre te he querido y es hora que puedo recordar aquellas fechas, esos acontecimientos trágicos, los que casi nos arrastran al abismo, repercutiendo más en ti que en los demás, por el hecho de ser más pequeños, de no saber que ocurría a nuestro alrededor, porque tú, siendo el mayor, nos protegiste y recibiste cada castigo, cada golpe y regaño mal intencionado, soportaste todas las iras producidas por el alcohol, todas y cada una de esas caricias malintencionadas de mi padre, porque desde el día en que llegó con mamá te miraba con otros ojos, lujuriosos y deseosos de obtener u libertad, de alcanzar la entereza y agilidad de tus movimientos, de poseerte una y otra vez para tratar de ser tú, pero no lo logró...
Mamá no dijo nada, nunca más habló desde el día en que te fuiste de la casa, aquella tarde en que ella regresó temprano del trabajo, luego de estar todo el día cosechando las frutillas en el campo. Era víspera de navidad, ¿recuerdas? La cabaña estaba adornada y mi papá había llevado un pino mediano que cortó en el bosque. Todos lo adornamos en cabritas, sobrantes de lana y piñas que recogimos en el camino de tierra, ese que estaba rodeado de todo tipo de árboles, canelos, pinos, álamos, alerces y arrayanes. Tú fuiste el único que no quería o no tenía nada por qué celebrar...
Mónica tenía tres años en ese entonces y prestó sus muñecos de trapo para armar un pesebre, Carlitos y yo estuvimos un buen rato tratando de zurcirle alas a su muñeca favorita. Recuero todo eso.
Tanto tiempo esperé para crecer, para vengarte de alguna forma. Ya a la edad de diecisiete no aguanté más al ver cuando esa fría y sudorosa mano se acercaba a Mónica. Lo maté. Mamá no emitió palabra algún, me besó en la frente y desde entonces, me visita todos los días. No es muy diferente el ambiente aquí, más sombrío que de costumbre y estos barrotes que me alejan del hogar, que me alejan de ti. Solo espero verte pronto, bastante me costó conseguirme tu dirección para darte las buenas nuevas.
Considérate desde ya, Libre.
Te quiere, tu hermano menor.