despierta en el espejo, siento la tentación de no lavarla porque puede gastarse. La piel, apenas
ojerosa, se extiende hacia el cabello revuelto en curvas y rectas, pálida como si aún la sangre no
llegara tan arriba. Hay días en que sin aún bañarme uso unos polvos franceses que me heredó mamá por no servir de nada para las dolencias de una vieja gastada y triste. Voy de la frente a la punta de la nariz, haciendo círculos ininterrumpidos en la extensión blanca y lisa de mi piel. Si en sueños el mayor temor lo siento cuando veo que caen mis dientes, a esas horas de la mañana es el encontrar una grieta más sobre mi frente. Puedo ver en ese movimiento circular del maquillaje a cada arteria y capilar apostado bajo la piel, los músculos que se contraen y estiran, la superficie del cráneo, el
cartílago deformado de la nariz; además de verlos caer a todos juntos, derretidos por el paso de los días. Mirando con cuidado morboso puedo ver qué es lo que cederá primero. Puedo observar cómo
será mi cara dentro de un mes, doce meses, dieciocho meses, veinticinco años, dentro del cajón
agusanándose de tanta crema que le echo; me veo en el pellejo gastado de una vieja cansada y
triste, en la boca de un reloj, en las cajas del Hogar de Cristo, en las esquinas de Alameda y en las
miles de caras de hombres que en un futuro próximo comenzarán a darme el asiento en la micro. Aún
no salgo del baño y ya estoy agotada.



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